Laia se fue de Puebla a Barcelona cuando tenía nueve años. Ha dedicado todo este tiempo a la promoción de nuestras famosas ricaletas de chile mordisqueable, ha defendido nuestra pronunciación de la ce y de la zeta; y sobre todo, ha expandido la leyenda de nuestra octava maravilla: los colosales animales de cemento del parque Juárez.
Ahora que volvió de vacaciones, ha adoptado la absurda creencia de que lo colosal de aquellos elefantes y tortugas de concreto era sólo una cuestión de proporciones infantiles. Haberle enviado una fotografía a tiempo (por ejemplo de algunas personas junto a las esculturas) pudo haber revelado la verdad: En sólo quince años, Puebla se ha poblado de gigantes.

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